La vida, el tan conocido
milagro del que hablan y debaten creyentes y no tanto, es efímera. Nacemos un día como cualquier otro; un día que resulta especial para aquellos allegados a quien ha de parirnos, y por qué no para aquella otra persona que, coincidencia de por medio, vive algún suceso fuera de lo rutinario, ajeno a nuestro nacimiento. Y bien podemos sentirnos viajantes en este mundo. Meros pasajeros, que hemos tenido la oportunidad de acceder al boleto de ida a la vida, que gozamos(o sufrimos) este viaje. Ahora bien, releyendo la última oración pienso: ¿tuvimos la oportunidad realmente? A mi nadie me preguntó si quería nacer. Entonces cabe, por qué no, imaginar que hemos sido empujados a realizar este viaje (lo cual, en verdad, suena un poco paranoico y conspirativo). Y este boleto para la vida nos ha sido adosado sin previa consulta, y no acepta devolución alguna.
Ya que somos pasajeros finitos, hemos de devenir en lo que sea que tengamos (¿elijamos?) que devenir. Se suele ver por las calles, a personas que parecen tener mucha prisa para realizar vaya a saber
qué-tan-importante-actividad como para evitar respetar los semáforos o el paso a un peatón. En ese momento no queda más que pensar en la negligencia del sujeto que no sólo no respeta su vida, si no que pone en riesgo la existencia de los demás. ¿Acaso tiene tanto apuro? Perder el tiempo es una frase que debería mandarse a guardar por un buen rato. Ella y todos sus matices, desde luego. Sería mucho mejor poder ir más allá de ese viaje-hacia-un-lugar-equis, que tanto dolor de cabeza puede estar causándole a ese hombre que no se cansa de esquivar autos, en una loca carrera hacia un adónde. Traspasar la barrera del tener que llegar a un horario determinado, y pensar, en su lugar, que el estar ahí, en ese momento, ocurre por el simple hecho de que está viviendo. Está siendo. Está v
iajando en ese tiempo que le fue
dado. Aquí y ahora, podríamos tomar noción de que nuestra vida, es un estado, es un médium, y nosotros, los que estamos vivos, podemos utilizarla, recorrerla, si es ese nuestro propósito.
Somos porque devenimos, de lo contrario, podríamos pensar que nunca fuimos. Que todo fue una ilusión y que ese viaje jamás ocurrió. La idea de perder el tiempo, suena a capitalismo. Suena a conteo, a división de nuestro transcurrir, a vigilancia de nuestras acciones.
¿Por qué sentir que viajando se pierde tiempo? Las respuestas pueden ser miles, pero hay una que, en mi opinión, envuelve y contiene a todas: somos concientes de lo efímero de nuestra existencia. La desesperación ante lo que se acaba. Temprana o más tardíamente,
habremos sido. Y un pequeño tiempo después, seremos poco más que un recuerdo. Y luego nada. El olvido. Quizás sea esa la razón por la que surge la necesidad de la mayoría de nosotros de, en palabras de Ítalo Calvino, transformar el fluir de la propia existencia en una serie de objetos salvados de la dispersión, o en una serie de líneas escritas, cristalizadas fuera del continuo fluir de los pensamientos.
Nosotros (¿Nosotros quiénes? Nosotros, los seres humanos) somos, por ahora y hasta donde se sabe, lo únicos sujetos dueños de una consciencia. Nosotros, conscientes. Nosotros como pasajeros y como observadores. ¿En qué sentido? Cada mujer, cada hombre pasajero en esta vida, es, también, un sujeto capaz de mirarse desde afuera, y verse a sí mismo como lo que es. Un viajante. Un viajante consciente, que sabe que está viajando. Que esto es un mero pasaje. Y verse como pasajero, es parte de la angustia de todo hombre.
Ineludible es, al fin y al cabo, saberse finito. Y siempre, en cualquier planteo está, aunque sea en última instancia, ese elemento central: el
tiempo. Lento, denso, suave, o fugaz y bravo cuando lo desea. Cuando cambiamos de parecer, de sentir, sin darnos cuenta. Nos guste o no, el tiempo. ¿Cambiante o eterno? A ciencia cierta nadie lo sabe. Inevitable, sí. Escurridizo, también. Realidad material o idea que se escabulle. Que nos empecinamos en hacer palpable, hacerlo souvenir, recuerdo de nuestro pasaje por este mundo. Fina arena que se nos escapa entre las manos.
¿Abstracción o realidad de la vida?
Por otro lado, sabernos
agotables (
entiéndase no en el sentido del cansancio) puede constituir un impulso hacia la valoración de nuestro pasar. Pensar lo que pensaba Borges al decir que la muerte es una vida vivida y la vida es una muerte que viene. Entonces, ya que estamos aquí y ahora, ya que no somos pasado y no sabemos si seremos futuro,
ya que somos (o nos pensamos) presente, ¿por qué no concentrarnos en realizar este viaje de la mejor manera posible?
No dejándonos apresar por el tiempo.
No espantándonos ante la finitud del mismo, sino tomando consciencia de eso mismo, utilizándolo en pos de un mejor devenir. No pensar en cuánto tiempo más podremos recorrer este mundo, sino
simplemente transitarlo, sin más vueltas y complicaciones que las que se nos presenten a lo largo del camino. Al fin y al cabo, el espacio se mide por el tiempo, y las distancias varían según como se lo considere al mismo. Cabe desear, entonces, que
seamos buenos viajeros.